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Afa estaba tomándose unas vacaciones de ella misma en Granada cuando, en la terraza del bar Botánico, vio pasar una jirafa de dimensiones diminutas. En Granada también había jirafas. Le pareció reconfortante ver algo familiar, aunque hubiera ido allí para no encontrar nada familiar. Aunque eso, a fin de cuentas, es la gran mentira de los viajes. Queremos ver cosas nuevas, pero todos deseamos sentirnos como en casa, sentimiento que no tiene nada que ver con que sea igual a lo que estamos acostumbrados, pero sí que nos haga sentir igual o mejor que en casa. La familiaridad de los desconocidos en Granada es acogedora como una butaca, ¿cómo serían las jirafas? ¿Sólo había una?
Por la noche se dio una vuelta por el SugarPop y el Afrodisia. En Granada, los animales son más o menos iguales unos de otros, pero no les tortura la idea como en la jungla de Barcelona. Son animales de bosque, así que no viven asfixiados, y eso hace que hasta los depredadores vivan muy tranquilos mientras se sientan saciados. El amigo de Afa, Gre, en realidad, era granadino... Se cambió de ciudad, precisamente, para sentirse más depredador. Pero una vez en Barcelona, se dio cuenta que solo le hacía falta ser depredador cuando sentía mucha hambre. Era el único amigo felino de Afa.
Después de tomarse dos tubos de cerveza Alhambra, se dirigió al Bohemia. Gre le había hablado mucho de ese bar, y nunca hubiera imaginado a su amigo tigre albino escuchando jazz en un bar frecuentado por topos miopes (es un lugar con poca luz, y eso les agrada), ratoncillos (de biblioteca pública), aves varias (animales de mundo) y algún que otro turista perdido que había encontrado el bar de casualidad (porque hay que encontrarlo de casualidad), como por ejemplo, una jirafa.
Afa se sentó y pidió un granizado de vodka con tónica y menta. Pidió, por favor, que le cambiaran el pisto de pajarito por unas hojitas. A Afa le gustaban las hojas. La camarera, una antigua amiga de Gre, posó el vaso en la mesa y un platillo de hojas perfumadas.
-¿A qué huele? -le preguntó Afa a la camarera, un cisne negro.
-Son hojas de los jardines nazaríes perfumadas con Azahar -respondió el cisne con un acento perdido entre ceuta y gibraltar.
Afa estubo un rato mirando todas las fotos de las paredes, una por una, con calma. Cuarenta fotos por pared, son muchas fotos. Tan entretenida estaba que no se dio cuenta que la jirafa que había visto pasar por delante del Botánico había decicido sentarse en su mesa.
-Hola, me llamo Fita.
Afa dirigió su mirada sin sorpresa alguna a la jirafa diminuta.
-Te he visto esta tarde por la calle.
-Sí, y yo a tí. Hacía tiempo que no veía ninguna jirafa. Por eso me he sentado. ¿Te molesta?
-Qué va. ¿Quieres algo? Yo te invito.
-Quiero un té con canela y leche.
Afa llamó a la camarera y esta tomó nota con una caligrafía árabe muy cuidadosa con una de sus plumas. Tomaba nota en un papel tan seco y bien tratado, que solo escribiendo con la saliva, la parte húmeda se oxidaba y brotaba una tinta nunca vista antes por Afa que era imposible de borrar ya que formaba parte del papel mismo. No tubo reparos en mostrar su sorpresa, y la jirafita Fita soltó una carcajada.
-¿No lo habías visto nunca?
-Llevo dos días aquí, y no había visto muchas cosas que sí existen aquí.
Fita se dio un golpe seco con la pezuña en la cabeza. Se le cayeron los ojos encima de la mesa. A Afa, por su parte, se le cayeron también los ojos sobre la mesa del susto. Los ojos se le habían salido de las cuencas. Fita se reía mucho, y Afa buscó con algo de torpeza, ya que no podía ver nada, sus ojos. Cogió dos al azar, luego Fita cogió los otros dos y ambas se colocaron los ojos al mismo tiempo.
-Tienes un ojo de cada color. Tienes un ojo marrón y uno verde -apuntó Fita.
-Y tú -dijo Afa aterrada pasándose las patas por la cara-. Devúelveme mi ojo verde.
-¿A caso ves peor?
-La verdad es que... -Afa se tomó su tiempo para comprobar si veía bien con su mirada bicolor- es que veo lo mismo de antes.
-Me lo imaginaba. A partir de ahora, Afa, lo que veas por tú ojo marrón lo estaré viendo yo y lo que vea yo con el verde, lo estarás viendo tú. Estamos conectadas y por muy lejos que te vayas, estaremos unidas.
Afa no podía creerse nada, estaba terriblemente asustada. Esa jirafa enana tenía sus mismos gestos, sus mismas expresiones, las mismas manchas y, después de una larga conversación, se dio cuenta que eran tan parecidas que daba un miedo atroz. A las dos horas de estar bajo la tenuísima luz del Bohemia, un luz como soplada de la frase sobre la luna que reinaba el salón del bar, Fita se sacó un papel de la bolsa.
-Te andaba buscando. Mira -puso el papel en las narices de Afa-, somos hermanas. ¿Lo sabías? Yo fui la última de nacer, y nuestro padre Rafa me contó antes de cumplir la edad para separarme del grupo e irme donde me diera la gana, que sabría quienes eran mis hermanas si al intercambiarnos los ojos conseguía ver lo mismo de antes sin alteración ninguna.
Afa no pudo reaccionar. Sabía que todos tenemos hermanos secretos en el mundo, pero la casualidad había sido tan grande que parecía más mentira esa verdad que muchas mentiras bien contadas. Claro que la casualidad, a fin de cuentas, no se puede preveer ni evitar. Pasó. Sorpresa. La casualidad, madre madrísima de los hermanos secretos.
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