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Afa tomó un avión rápido a la cordillera del Karakorum. Había solicitado clases de vuelo en lo alto del Pico Escondido.
-Soy su instructor de vuelo -dijo le profesor al verla llegar-, y, tú, la jirafa que quiere volar.
-Así es, pero -Afa miró a su profesor de arriba a abajo-, ¡eres una llama!
-¿Esperabas que fuera algún pájaro o algo así?
-La verdad es que sí. En el anuncio usted se hacía llamar Ziryab, el pájaro negro.
-Y soy Ziryab, el pájaro negro. Ese es mi nombre. Otra cosa es que yo sea una llama nacida en el Tibet.
-Entonces es una llama tibetana.
-No, soy una llama pakistaní. La llama, querida amiga jirafa, no es de donde nace, sino de donde pace. Empecemos.
Ziryab, la llama pakistaní que se había transformado en el pájaro negro, se sentó en un banco de roca que él mismo había hecho para sus clases de vuelo. Estaban a 8.000 metros, y a Afa le dolía horrores la cabeza.
-No llevo muy bien lo del mal de altura, ¿sabe, maestro Ziryab?
-Mastica esto, te sentará bien.
-¿Aquí hay hojas de coca?
-No, esto es un regalo que me trae una hermana mía cuando viene a visitarme. Vive en Perú. Pero, bueno, en Pakistán tenemos grandes campos de opio.
-No lo sabía...
-Bueno, no es autóctono en realidad, son plantaciones de capital norteamericano. Pero el opio no lo usaremos hasta la tercera clase.
-Yo no he venido aquí a fumar, maestro.
-Me lo imagino, señora Jirafa. Fumar tan solo es inhalar y exhalar aire, aquí venimos a apoderarnos del aire. ¿Si no, cómo cree que aprendió a andar? Tan solo creyendo que el suelo estaba hecho para usted. Tome lección, reflexione sobre eso.
-¿Sobre qué, exactamente?
-¿No me escucha? He dicho, debe creer que el aire está hecho para usted. Tal como si fuera suelo. Pero no se apodere de él con las patas, no, no lo haga. Hágalo con todo su cuerpo. Debe saber que volar requiere la fuerza de voluntad completa, no solo de las patas.
-Ajá...
-Y ahora, cuénteme. ¿Qué es lo que más le gusta de volar?
-Planear.
-¿Por qué?
-Porque hasta ahora no sabía ir a ninguna parte, todavía no sé, sin moverme. Creo que a veces es más sabio dejarse caer, como una piedra lanzada al agua, inclinada hacia un destino.
-Ha estado soberbia, amiga jirafa. La altura le está dejando de hacer mal.
-¿Y ahora qué hacemos para volar?
-Primero esperar a que haga menos calor, a mi no me apetece nada sudar, amiga.
-Pues no hace ni pizca de viento, maestro Ziryab.
-Bien, en ese caso silbaremos. En el Tibet, cuando hace calor, se silba para que el viento venga.
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